La culpa no me deja

Entre los martillazos, los espejos de aceite, la fragancia tóxica de la gasolina, los automóviles herrumbrosos y los mecánicos embadurnados de grasa, llegamos a Coraje, la Fundación de Comerciantes del Corazón de Jesús o Barrio Triste, como también llaman a este sitio de Medellín. En su interior había una ludoteca para los niños de los trabajadores y las madres que vivían en las pensiones del sector, pero que era aprovechada por los muchachos que anidaban en las aceras y los andenes. Allá podían limpiarse, comer y jugar. Según las políticas de la organización, ellos eran demasiado adultos para usar ese espacio, por lo cual iban a trasladar a las trabajadoras sociales que jamás se negaron a recibirlos. Después de dieciocho años, no sólo dejó de funcionar el programa y la ludoteca, sino toda la Fundación Coraje dejando un profundo resquemor entre la comunidad. Pero más allá de ese drama social, en esa visita descubrimos otro más íntimo, el de los jóvenes de la calle que asistían al lugar.


Autor: Oswaldo Guayasamín, Niña llorando


“En una palabra, me habría gustado, lo confieso, gozar de la ingenua libertad de un niño y aun así, ser lo bastante hombre como para apreciar su valor”.

Meses después de leerlas, recordé esas palabras de Scroodge, el protagonista de Cuento de navidad. Fue cuando Sara y yo llegamos a la ludoteca del Inder en el barrio Corazón de Jesús de Medellín, donde juegan los niños de la calle. De las paredes cuelgan sus pinturas de colores vivos y trazos oscilantes: paisajes con flores del tamaño de una puerta, casas más grandes que las montañas, soles de melenas erizadas y nubes esponjosas. La sorpresa era que los autores de los dibujos tenían entre catorce y treinta años, lo que significaba que sí es posible ser un niño a pesar de tener la edad de un adulto. El anhelo de Scroodge ya había sido conquistado. Claro está que para lograrlo estos niños pagaron un alto precio. Quiero contarles algo sobre una de ellas, una niña de diecinueve años, una nueva amiga. 



Discutían. Luchi, la trabajadora social, se le acercó por la espalda, la abrazó por la cintura y sonrió con cariño en un gesto conciliador. Ella se echó para adelante y batió sus endebles brazos intentando soltarse. Se sacudía como un ave herida que se niega a la acogida de unas manos protectoras. Su cara se descompuso en una mueca de cólera. Sus ojos encendidos revelaban una fuerza que quería liberarla. Cuando logró zafarse, gritó para que la dejaran tranquila. Todos en la ludoteca observábamos en silencio. 


Después del incidente, ingresamos al salón de juegos. Yo, Sara y otros nueve muchachos entre los quince y veintinueve años. Estaban descalzos y el hedor de sus calcetines, mezclado con un penetrante olor a pegante, casi se podía tocar. Disfrutaban de La Cebra, una película de animales parlantes que les provocaba esporádicos estallidos de risa. Luchi apagó el televisor y les pidió silencio. Arranqué a leer Espuma y nada más, el cuento de Hernando Téllez. Escuchaban tendidos en colchonetas, algunos aferrados a osos de felpa. Durante la lectura, rastreé ojos a punto de apagarse y miradas ausentes, pero la mayoría atendían sin parpadear. “¿Sí lo descabezó?”, preguntó alguien cuando finalizó la historia. La única mujer, la protagonista del altercado con Luchi, se burló: “Que cuento tan largo, se parecen a los de mi profesora”. 


La muchacha me dijo que se llamaba Liliana. Se me arrimó despacio, arrastrando sus chanclas en un acompasado susurro. Rengueaba un poco, tal vez por el esfuerzo que implicaba cargar su vientre, tan abultado que rebosaba su ajada blusa. Se sentó a mi lado, hombro contra hombro, los dos con la espalda apoyada en la pared y los pies recogidos. Puso sobre sus delgados muslos un libro de Rafael Pombo. Le pregunté si sabía leer y comenzó a recitar La pobre viejecita. “Érase una viejecita sin nadita que comer…”, el tono de su voz era estridente. Tropezaba en palabras como librea, holán, antiparras, pero yo le tendía la mano para que no cayera y continuara la lectura. Sus versos estaban envueltos en un hálito de pegante. Cuando su última frase anunció la muerte de la viejecita, sentenció: “a esa vieja le pasó eso por orgullosa”. El orgullo: cosa inútil cuando deambulas por la calle desde los seis años y tienes que reponerte del hambre, el maltrato, el desprecio y la indiferencia. 


Dos días después, volvimos a la ludoteca. Los muchachos miraban una película. Sara y yo esperábamos para ingresar al salón de juegos en uno de los comedores del corredor, bajo aviones y globos piloteados por niños de cartón. Apenas nos vio, Liliana se acercó a pasos ansiosos y se sentó con nosotros. Acababa de bañarse. La mugre desechada develaba una piel canela. Sacó de su mochila un cuaderno. Antes de abrirlo, me confesó: “Cucho, le digo la verdad…, yo apenas estoy en cuarto de primaria”. Cuando habla, no elude la mirada, me enfrenta con sus ojos verdes. Después me solicitó revisarle unas sumas. Eso mismo le pedía yo a mis padres cuando era niño. Así me sentía, como un papá o un hermano mayor. También le enseñé a dividir por una cifra. Mientras yo le mostraba cómo solucionar los ejercicios, Sara le cortaba las uñas pues no sabía manejar las tenacillas. 


Terminadas las tareas, le pregunté ¿por qué estaba tan alterada cuando llegamos hace dos días? Esa mañana había comprobado que tenía tres meses de embarazo y Luchi pretendía consolarla. Por eso terminaron discutiendo. Aunque este no es el primer embarazo de Liliana. El 19 de marzo del 2006 “el dolor me hacía maldecir este mundo, apenas podía respirar”. En la sala de partos el médico le pedía hacer fuerza, pero ella quería defecar y no le permitían ir al baño. “Defeque y puje a la vez”, le dijo el médico. Al intentarlo salió la cabeza del niño. “¡Puje, puje!”, le gritaba. Luego salieron los hombros, esa fue la parte más dolorosa. Cuando menos lo esperó, tenía al niño sobre su pecho. “Era peludo, peludo”. Sólo pesó mil seiscientos gramos. 


Me miró con firmeza, sus voz se apagó hasta las dimensiones de un secreto y sus ojos apenas represaban las lágrimas: “Yo, para ponerlo a sufrir en la calle…, me pusieron a escoger y tuve que elegir lo mejor para él. Lo quiero mucho y todo, pero la culpa no me deja. Con tanto dolor que lo tuve y haberlo dejado abandonado en una incubadora, sabiendo que él tiene a su mamá…”. Se levantó de la mesa y me pidió que no le preguntara nada más. 


Leandro A. Vásquez Sánchez

El Pequeño Periódico, 2007 

Espere: El baúl de los asombros 

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