La Boitatá y la víbora de fuego [1]

 

Este es el boceto de la imagen que ilustra el artículo publicado en el año 2010, que también fue usada por quienes robaron el texto. Lo realizó Jorge Vásquez.

Los animales fueron sepultados por la inundación. Ni la Boiguazú, la víbora grande que dormía, pudo continuar su sueño. Pero como ella vivía tanto en el agua como en la tierra, salió nadando. Cuando la lluvia cesó, aparecieron los animales muertos. La Boiguazú comenzó a devorar sus ojos.  Cada uno era una lucecita que se prendía dentro de ella. Hasta que se convirtió en una claridad que serpenteaba. Los primeros que la vieron, no la reconocieron. Enseguida le dieron el nombre de Boitatá, víbora de fuego. Murió, porque los ojos no la alimentaron, sólo la iluminaron. Pero la luz que estaba dentro de ella escapó, salió por ahí y por su gula fue condenada a vigilar los campos vírgenes contra los que quieren incendiarlos.

 

El primer libro que me regaló mi papá se llama Cuentos de animales fantásticos. Comienza con la historia de la Boitatá, un relato de origen de las comunidades Tupí-Guaraní de la Amazonía brasileña. La recordé hace poco porque en la noche del 27 de marzo del 2010, cuando baje del bus en el parque de Bello, vi una colosal víbora de fuego que consumía el cerro Quitasol. Los transeúntes nos plantamos a mirar el combate, hechizados por las llamas que bailaban ante nuestros ojos.

 

Al día siguiente las ventanas de mi casa trepidaban. La causa era un helicóptero que descargaba agua sobre el cerro, de donde se levantaban columnas de humo. Las cenizas parecían  mariposas negras que se metían en las casas. El fuego enlutó la montaña, apenas salpicada por el marrón de los desgreñados  pinos que quedaron en pie.

 

Se quemó el 60% de la parte del cerro que es visible desde el Valle de Aburrá. La mayor parte del terreno estaba sembrado de pino, pero también de especies nativas de árboles y flora. No se tiene cuenta de  los animales muertos y desplazados. Los bomberos apenas encontraron cuatro serpientes calcinadas. El incendio fue provocado por dos niños entre los diez y quince años que no pudieron ser capturados. Duró cuatro días. 

 

Los mil ojos de la Boitatá


Imagen tomada de ChatGPT 
Cuando la Boitatá  murió y se convirtió en la luz de los miles de ojos que devoró después de la inundación,  la condenaron a vigilar los bosques por su gula.  No se convirtió en una bestia destructora, como la víbora de fuego que azotó el Quitasol. No quema las plantas ni los árboles, ni calienta el agua de los ríos ni de los lagos. Es una bella metáfora sobre la obligación que tenemos de cuidar la Tierra.

Los seres humanos también devoramos. Nuestras presas son los árboles, el agua, el aire, los animales, los minerales, la tierra, que convertimos en cosas inútiles que sacien nuestra hambre: trapos, teléfonos, televisores, chicles, joyas, cigarrillos, plástico, humo, vomito industrial. Pero como sucedió con los ojos que se comió la Boitatá, estos objetos no nos alimentan, sólo nos iluminan. Apenas añaden un poco de deslucido brillo a nuestros cuerpos, casas y vehículos. 

Nosotros asimismo seremos castigados por nuestra gula. Nos acusan los ojos de los seres humanos que sufrimos por la contaminación del agua y el aire, las terribles sequias, los deslizamientos y las inundaciones. Nos condenan los ojos de los hijos que heredarán un planeta en crisis. Los ojos indignados, animales y humanos, que vieron el incendio del Quitasol también nos juzgan. Y nuestros propios ojos nos acusan por nuestras posiciones pasivas frente a problemas que son determinantes para el futuro. Todos esos ojos, que ya no son mil sino millones, nos señalan la necesidad de proteger la Tierra. Sobre todo, de las acciones de los gobiernos y las grandes fuerzas económicas, pues sus consecuencias pueden ser irreversibles.

 

Bello, una ciudad sin caminos

Foto: Leandro Vásquez

El pie de monte del Quitasol está plagado de centros comerciales y urbanizaciones legales e ilegales. Lo más reciente son unas viviendas campestres de estrato seis que cuestan 1200 millones de pesos cada una.  El nombre del proyecto está colgado de la montaña en letras gigantescas: NORTEAMERICA. Cuando apareció, muchas personas se indignaron porque pensaron de manera equivocada que iban a instalar una base militar de Estados Unidos en el batallón Pedro Nel Ospina, que queda muy cerca. La animadversión desapareció pronto, aunque se está construyendo sobre yacimientos de agua.

 

Y lo anterior sucede a pesar de que en el Plan de Desarrollo 2007 – 2011, se enuncia el grave problema de espacio público que hay en Bello. Los estándares internacionales establecen un promedio de 15 metros cuadrados por habitante, mientras en la comuna 1 de Bello es de 0,75 metros cuadrados, en la tres  de 3,5  y en las demás comunas se promedian entre 1,5 y 2,5. Esto es preocupante, teniendo en cuenta que el 85% del municipio es zona rural.

 

El historiador Edgar Restrepo (2007), después de hacer un recuento del proceso de urbanización de Bello, concluye: “el crecimiento urbano, la planeación municipal y un ordenamiento espacial se vieron continuamente rezagados, ante las presiones del capital, de los intereses políticos, de los vacíos normativos y de la complicidad de varios que vieron la oportunidad de enriquecerse. En la actualidad la ciudad continúa ampliando sus horizontes, aprovechando los últimos espacios y mangas que quedan, reacomodando su perímetro urbano, incorporando zonas rurales ante la voracidad de ‘vivienda urbana de interés social’, como dicen las frases oficiales, sin pensar en las consecuencias que todos ven o no quieren ver; pero están presentes y requieren medidas prontas: espacio público deteriorado, más pulmones verdes amenazados, viviendas hacinadas o  zonas de alto riesgo y calles estrechas”[2].

 

La cantidad de obras que se están construyendo en Bello han generado una fuerte presión económica sobre la tierra, que sumado al gran déficit de vivienda de la ciudad, ha llevado a los antiguos habitantes a vender sus casas para que construyan edificios de varios pisos. A la par del crecimiento demográfico no aumentan la infraestructura vial ni los servicios sociales, educativos o de salud, además los nuevos vecinos tampoco guardan lazos tan estrechos con el resto de la comunidad, lo que hace más difícil emprender acciones colectivas para defender el territorio.

 

Las organizaciones ambientales y sociales, los académicos y los artistas son fundamentales para recordarnos esos lazos históricos, afectivos y de identidad que nos unen. Pero esa memoria nace con las palabras que caminan por las esquinas, las mangas, las montañas, las tiendas, los parques, las aceras o las canchas. Por eso en una ciudad donde nos cierran los caminos para abrirle paso a los automóviles, los centros comerciales y  los edificios, es inevitable que nos cerque el silencio.


Leandro Alberto Vásquez Sánchez 




[1] Me robaron La Boitatá y la víbora de fuego, un artículo sobre un incendio en el cerro Quitasol que publiqué hace quince años en un blog que ya no está en internet por falta de uso. Esta semana descubrí que estaba colgado en el portal de ecoticias.com. Quien aparece como autor no soy yo sino  Paco G.Y., quien se describe como un apasionado, curioso y entusiasta, en especial de las energías renovables y la movilidad eléctrica. Aquí está el artículo: https://www.ecoticias.com/eco-america/30595_la-boitata-y-la-vibora-de-fuego. Le pedí al medio que lo bajara de la red, pero ni siquiera miraron el mensaje.

    En internet circulan contenidos que al parecer no tienen dueño, que son compartidos por millones de personas y gracias a los cuales podemos posar de inteligentes, graciosos o solidarios ante nuestros amigos y contactos. Hay frases, memes, audios y videos que ya son propiedad de la humanidad, que también son renovados, reinventados y parafraseados  gracias a la creatividad de millones de internautas. Ojalá internet nunca perdiera ese dinamismo, pero creo que vamos camino a que eso pase. Cuando una inteligencia artificial está capacitada para acopiar esa cantidad de datos para responder una simple inquietud, consulta o interrogante, se da uno cuenta de que el espíritu libertario va quedando atrás y que en un futuro la propiedad sobre la información la tendrá la corporación que fabrique la inteligencia artificial más potente.

    Sueño con el idílico momento en que desaparezcan los autores, en que los contenidos no tengan dueño, que circulen libres sin tener que atribuírselos a alguien. Pero como lo que está sucediendo en el mundo es que sustraen la propiedad de los contendidos a los autores originales para atribuírselos una inteligencia artificial, una corporación, un medio o cualquiera por ahí, toca defender lo poco que uno ha creado. Como ni siquiera logré que quienes robaron La Boitatá y la víbora de fuego me respondan, quiero publicarla otra vez en mi blog personal para que quede constancia, al menos, de que yo la escribí. Lo hago porque a este artículo le debo mucho. A pesar de que no es la gran cosa y lo escribí sólo con el propósito de contar lo que pasaba en la montaña, me conectó con muchas personas que también buscan que se proteja el cerro Quitasol.  

[2] E., Restrepo. (2007). Crecimiento urbanístico de Bello. Revista huellas de ciudad. p.52.

 

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