El baúl de los asombros


Por fortuna guardé mis diarios en un baúl que me regaló mi papá. A él se lo cedió mi abuelo cuando murió. No es poca la importancia de los alicates, destornilladores y  llaves que guardaba ese cofre. A ambos les ayudaron a  ganarse la vida. Sin embargo, esos cuadernos que almaceno también ahí, me niego a verlos sólo como otra herramienta para construir textos. Con el fin de explorar su verdadera dimensión, escribí esta serie de notas sobre los diarios.


Lo íntimo

Los diarios son como los juguetes de Horacio, el personaje del cuento Las hortensias,  quien se entretiene con unas muñecas para sublimar su aburrida vida cotidiana. Su divertimento llega a tal delirio que ellas cobran vida y se convierten en sus amantes.  Así mismo, después de jugar durante años con el diario a explorar los asombros, creo que se transformó en mi único amigo, uno al que no tengo que dedicarle cortesías ni elogios y puedo confesarle cosas que ni siquiera yo mismo acepto. 


La gran mayoría de lo que hay en mis diarios nunca será publicado. Hay textos que quisiera que no fueran leídos por alguien más porque me producen pena. ¿Por qué los escribí y corro el riego de exponer mis vergüenzas delante de un fisgón? Cuando hasta los chats privados sirven a las corporaciones para crear tendencias de consumo y vender con más efectividad, el espacio donde las palabras escritas son menos vigiladas es el diario. Por eso lo sostengo, porque es un lugar que de verdad siento íntimo, el único donde puedo desnudarme hasta de mis propias mentiras. 


El diario no es inexpugnable. Son numerosos los casos de jóvenes que tienen que escribirlos de manera cifrada para que sus padres no los juzguen o castiguen. Mientras producía este texto, escuché a una señora contarle a su amiga que ella obligaba a sus hijos a escribir un diario. No pasaba un día sin que los revisara. Estaba muy atenta a que no aparecieran bobadas en esos cuadernos. Lo recomendaba como el mejor mecanismo de control familiar. No imagino un peor martirio que tener que escribir un diario por obligación para que te vigilen. Aunque conozco personas cuya intimidad fue violada, a quienes revisaron sus diarios de manera subrepticia para averiguar algo sobre su vida que no es posible rastrear de otra manera. Por eso son populares los diarios con candado. Lo mejor es tomar precauciones y darles un buen destino, quizá el más tentador es el fuego. 


Lo inútil 

El diario abre un espacio a lo inútil, a crear más allá del beneficio práctico y del rendimiento económico. Escapa a la omnipotencia del mercado y le da lugar a búsquedas como el juego, la contemplación o el descubrimiento de sí mismo que rehúyen a la lógica de la competencia. Es que expresarse sin un fin utilitario va contracorriente cuando la carrera por producir, mostrar y vender nos deja sin aliento. Sin embargo, soy consciente de que un señor de cuarenta años como yo que, en vez de buscar su jubilación, pierde el tiempo en soledad escribiendo un diario, no resulta revolucionario sino más bien ridículo. 


Me aguanto la vergüenza porque en el diario puedo escribir sin plazos; sin buscar competir ni impresionar; sin la expectativa de que alguien, ni siquiera yo mismo, espere que pase algo con lo que produzco; sin las aspiraciones de conseguir likes, crear comunidad o conquistar lectores; sin temer equivocarme, parecer ridículo o poco inteligente; sin seguir reglas ni imponerme fórmulas; con la única preocupación de soltar palabras en un cuaderno, sacar la basura de adentro y abrir espacio a lo nuevo, a la creación. 


La ficción 

Cuando empecé a llevar el diario no tenía ninguna pretensión. Como escribí para algunos medios, tomaba notas en una libreta. A veces, se me ocurrían confesiones al margen sobre el ambiente, los personajes o mis emociones. Con el tiempo, cobraron valor porque proponían una búsqueda estética que es quizá la que los salva del olvido. Los testimonios y observaciones periodísticas desaparecieron, pero seguí escribiendo cuadernos en los que consignaba esos apuntes marginales. 


Para investigar uso los métodos del periodismo: la entrevista, la observación, el mismo diario. Rompí con esa profesión en el sentido que dejé de lado la camisa de fuerza de las agendas informativas que se imponen desde el poder, a pesar de que abordaban temas que podrían interesarle a un mayor número de personas. En cambio, el diario me permitió sondear la ficción, un género cuya búsqueda no es la utilidad pública, pero con el que pude explorar las emociones humanas, el río por donde corre toda la experiencia vital. 


El diario es sobre todo un laboratorio donde experimento con las emociones que me servirán para crear otros textos de ficción, pues ofrece la posibilidad de escucharte y descubrir facetas que quizá uno nunca compartirá con nadie y que sólo se revelan en la intimidad de una página. Tener un soporte donde consignarlas resulta muy valioso. Además, guardar memorias de cómo me transformo y me voy descubriendo no sólo sirve para los asuntos prácticos de la escritura, también es un conocimiento espiritual de sí mismo. 


El juego  

Gracias al diario puedo conservar el espíritu de aprendiz. Cuando empecé a escribir sólo sentía que tenía algo por decir, pero no sabía cómo hacerlo. Por eso me vinculé a talleres literarios, leí a los clásicos, estudié la carrera de periodismo, pero fue cuando encontré el diario que pude canalizar ese impulso en una búsqueda autónoma relacionada más con un interés por expresar, que con cualquier compromiso o exigencia externa. 


El diario me permite escribir por el puro placer, o quizá por la compulsión, de soltar frases sin ninguna vergüenza, compromiso o propósito. Se trata sólo de jugar con las palabras, que es la mejor manera de enarbolar mi libertad. No lo siento como una obligación, ni tengo que escribir todos los días, ni siquiera cada semana, lo hago cuando me plazca. No me preocupa si produzco un párrafo o veinte o si están bien o mal escritos. 


A pesar de que no he invertido mucho tiempo, dedicación y recursos para sostener el diario, mantener ese ejercicio durante años me permite explorar mi interioridad y el universo; narrar mi propio viaje por la vida; crear cuentos, crónicas o poemas; recordar instantes que no quiero olvidar, desahogarme, curarme o contar mis sueños. Por épocas sólo transcribo frases célebres con la mano izquierda o hago dibujos feos. A mi edad es el juego más entretenido y asequible que descubrí. 


Leandro A. Vásquez Sánchez 

Espere: Bitácora de apuntes #1


Comentarios

  1. Oh, el diario... El diario literario que tanto esconde y tanto permite. Comparto lo que dices, Leandro. Muchas gracias.

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    1. Por fortuna es más lo que esconde, pero debería uno lograr que permita cada vez más.

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  2. Recordar los motivo por el cual tenía un diario, podría empezar uno de nuevo al leerte me motivo. Gracias Leandro por recordar la posibilidad de verse de otra manera a través del diario. Gracias .

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    1. Gracias Dayha por comentar. Es que es muy rica la experiencia del diario, a mí me gustaría contar más al respecto. Me emociona que te animes a retomar el tuyo.

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