Bitácora de apuntes #1
Aquí les traigo cuatro fragmentos de diario. El primero es el dibujo de un sueño y los otros son tres microhistorias sin título. Tienen en común que a los personajes los desbordan las voces y las miradas, como malas hierbas les brotan las bocas y los ojos, unas veces para condenarlos, otras para liberarlos.
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“Loco, sé sincero”. Cuando se lo piden, no imaginan cómo se multiplican las voces en la cabeza del desgraciado y lo confuso que le resulta descubrir cuál es la suya. No lo atormenten. Al loco exíjanle que nos divierta jugando con sus máscaras de palabras. ¿O es que quieren ver desnudo su rostro de trece bocas y veintiséis ojos? Ilusos, el terror los deslumbraría si intentan mirarlo.
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Le reclama entre lamentos al sol presuntuoso, a las montañas indolentes y a las luces que, poco a poco, le escupe la ciudad. Grita toda su desesperación sobre el valle en este atardecer. Medito si es mejor desaparecer y dejarlo con su angustia o quedarme. De todas formas, no puedo hacer mucho. Cuando corre hacia el precipicio, sólo lo llamo por mi propio nombre: ¡Dúmar! ¡Dúmar! ¡Dúmar! La mía es una voz sin voz, pero él me escucha en pensamiento, cae hasta el silencio, detiene su marcha al abismo, restriega sus lágrimas y regresamos por el camino que nos trajo.
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Su busto se contonea mientras corre. “¡Cierren la salida!”, gritan. El portero lo intenta, aunque la reja se atasca. Sylvia huye de los ojos que la persiguen hasta en el espejo. Escaparía donde no puedan alcanzarla, pero el portero le cierra el paso. Las enfermeras la agarran. Los vendedores ambulantes y los transeúntes la cubren con sus miradas. “¿Qué me ven?”, es lo que reclama mientras forcejea, parece confrontar a la humanidad entera. Se la llevan arrastrando, le inyectan haloperidol y midazolam y la encierran en un cuarto sin ventanas, entre las paredes que vigilarán su sueño narcótico.
Leandro A. Vásquez Sánchez

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