El Capitán Quitasol
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| Imagen: El Capitán Quitasol de José Miguel Franco |
Las aventuras del Capitán Quitasol no son contadas en comics, cine o televisión, sino en las cartillas de ciencias sociales de segundo de primaria en el municipio de Bello. En sus historias no hay disparos, explosiones, ni carros volcados, tiene por armas un palustre y un rastrillo y, en vez de matar villanos, enseña a sembrar árboles.
El creador de este paladín de la ecología se llama José Miguel Franco, artista, educador y ambientalista cuya vida está ligada al Quitasol, así como la de todos los bellanitas, pues el cerro es parte y testigo de nuestra historia, aunque para la mayoría se haya convertido en paisaje, cosa de todos los días. Indignado con esa indiferencia parecida a la ceguera, José Miguel creó una obra artística e impulsó un movimiento comunitario que busca proteger y recuperar el cerro.
Las quemas del Quitasol no son accidentales
El problema principal de la montaña son las quemas. Nosotros concluimos que eran causadas por pirómanos. Que por descuido dejaron un vidrio o una cusca: ¡no! No es por accidente. Y mucho menos porque un vidrio prendió una ramita. Hicimos varios experimentos para comprobarlo. Escogimos los vidrios más gruesos, los colocamos en las posiciones adecuadas y nunca conseguimos fuego.
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| Imagen: José Miguel Franco |
Mientras no haya un sistema de alerta temprana, no vamos a poder detener el fuego. Es necesario implementar una torre de vigilancia, ubicar personas con binoculares en el municipio. En invierno baja abundante agua por el Quitasol, es posible diseñar unos tanques en la tierra para almacenarla. Durante el verano serviría para irrigar las plantas o atender los incendios.
Resistencia desde el jardín
José Miguel vive en Niquía, un barrio que desde lejos parece un amasijo de ladrillos desparramado a los pies del cerro Quitasol. Su casa está en la parte baja, que es también la más antigua. Allí se asentaron las familias de obreros que en los años cincuenta llegaron a Bello atraídos por el trabajo que ofrecían las fábricas de textiles.
La fachada de su vivienda es la única de la cuadra que no está pintada. Conserva el color del ladrillo. Aunque el mayor símbolo de resistencia que ostenta su hogar es el antejardín. En Niquía, estos espacios están desapareciendo para abrirle campo a patios de cemento donde guardan motos y automóviles. En cambio Abigáil, la madre de José Miguel, sembró allí jazmín de noche, espuma de mar, lirios y mariposas.
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| Foto: José Miguel Franco de Leandro Vásquez |
Desde el amplio solar se escuchan algunos acordes de guitarra. José Miguel toma algo de un árbol y me lo regala. Es un carambolo, un fruto amarillo y agridulce. Aquí los aromas de las plantas del jardín y la sala se mezclan con el del árbol de guayaba, el brevo, la paleta de pintor… Cuando él no conoce los nombres, Abigáil se los recuerda: magnolia, guayacán rosado, candelabro, cuerno…
La mayoría de las plantas las cultivó su madre, aunque José Miguel también sembró árboles en las paredes. Hay una acuarela de un chagualo que, con sus raíces aferradas a una ladera del morro, reta la gravedad, como si quisiera probar que la vida puede germinar hasta en un precipicio. También hay un oleo en el que el Quitasol, en vez de estar cubierto por vegetación, aparece bañado en fuego, como si un incendio perpetuo lo mortificara bajo un cielo turbio que no le concede una gota de agua.
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| Imagen: José Miguel Franco |
La educación
Subí durante ocho años a la montaña una vez por semana. Empecé con grupos de ciento cincuenta estudiantes que iban a cubrir la alfabetización. Pero tuve que abandonar esa actividad porque también trabajaba como dibujante en una empresa. Después la continúe cuando ejercí como educador en Bello, pero cada quince días. Las últimas inspecciones formales fueron a principios del 2010. Hicimos unas siembras y una recolección de basuras.
Conseguimos que el Área Metropolitana, la Gobernación y otras entidades dedicaran algunos recursos a la reforestación. Pero se gastaron en cosas que eran secundarias comparadas con las que nosotros ya teníamos detectadas. Es decir, algo que tuviera que ver con la educación, con los planes de contingencia para las quemas, que incluso eran inversiones menores a las que se hicieron. Tengo entendido que se destinaron millones de pesos hace cerca de diez años en una reforestación que se quemó rápidamente.
Junto al profesor Mario Gutiérrez y otra amiga de la zona, Janet Martínez, formamos una organización que se llama Montaña Viva. Estamos proponiendo un modelo de acercamiento de las comunidades a la montaña a partir de la educación ambiental, que se convertirá en asignatura del pénsum académico en las instituciones del municipio. Ya tuvimos la primera experiencia el año pasado. Llevamos al cerro a estudiantes y grupos de población organizada a sembrar árboles y al final hicimos una reflexión acerca del cuidado del Quitasol. Nos parece que eso es lo que se debe hacer para protegerlo y recuperarlo.
Niquía, la ciudad del viento
Cuando era niño, José Miguel salía de paseo a las mangas que se extendían al pie del cerro Quitasol acompañado de su papá, su mamá, sus hermanos y el perro. Recuerda que el viento que se cuela por el cañón que el río Medellín abre en la cordillera, sacudía las hojas de los árboles, perturbaba las llamas del fogón de leña, revolvía el cabello de su madre y elevaba su cometa.
También subió a los charcos de los Seminaristas durante casi ocho años con los amigos del barrio. Caminaban por toda la orilla de la diáfana quebrada hasta encontrar un charco profundo, donde pudieran ensayar clavados. Ahora, ese mismo camino está sembrado de basura: bolsas, envolturas de chucherías, cucharas, tenedores y platos que ruedan junto a las hojas de los árboles cuando arrecia el viento.
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| Foto: Escultura El viento |
“La manga, donde antes pastaba el ganado blanco orejinegro, se elevaban cometas y disfrutaba de los paseos de olla, pasó a ser ocupada por barrios con nombre de pastel, nombres prefabricados, nombres aromatizados en las urbanizaciones modulares: Rosa de los Vientos, San Francisco, Laureles de Terranova… En fin, nombres que poco o nada tienen que ver con el sector, por lo menos de momento”, dice José Miguel.
Ahora sobre Niquía sólo vuelan pájaros y aeronaves. De los festivales de cometas queda como irónico testimonio una pesada escultura de hierro y cemento llamada El Viento. Pero el viento, el de verdad, horada con paciencia los edificios, urbanizaciones y locales comerciales que ocupan el lugar donde antes estaban las mangas. Un día los convertirá en polvo y también volarán, como las cometas, hacía el olvido.
En Bello hay barrios de invasión con nombre propio
En la montaña hay problemas como la permisividad del gobierno municipal frente a la invasión de las laderas del Quitasol. Cuando empecé el proyecto, la cota del perímetro urbano estaba como en mil seiscientos metros y ha subido más de cien en estos años.
Esas invasiones se convierten en votos en las temporadas electorales. Incluso hay barrios que podrían llevar el nombre de líderes políticos. Existen candidatos que en elecciones le dicen a las comunidades de esos lugares: si yo soy elegido Concejal, no los dejo sacar a ustedes de aquí. Hay muchas zonas que fueron ocupadas de esa manera.
Esa urbanización no formal generalmente trae comunidades desplazadas de otras zonas con problemáticas económicas y sociales. Ellos tienen que buscar los recursos en la montaña. Cocinan con leña, entonces van y cortan los árboles. Toman el agua de las fuentes, por eso les toca tender mangueras desde las quebradas. Así modifican la dinámica de la montaña.
La línea amarilla
Niquía recibe su nombre en honor a los niquías, una comunidad originaria que pobló ese territorio hace cientos de años. El nombre y la historia de su barrio fueron determinantes para José Miguel cuando finalizó la carrera de Artes Plásticas en la Universidad de Antioquia. Él sabía que la mayoría de los niquías fueron reprimidos con violencia por los colonizadores, pues eran una comunidad beligerante. Por eso, para su trabajo de grado, se propuso realizar una obra de intervención artística en el cerro Quitasol como expresión de protesta, paralela a los actos que por motivo del quinto centenario de la llegada de los europeos se realizaron en todo el continente.
| Foto: José Miguel Franco |
Cuando los movimientos ecologistas en el país eran incipientes, José Miguel organizó un grupo de amigos para realizar su proyecto. Ellos no se legalizaron, pero tenían una imagen corporativa: una montaña formada por las palabras Bello, Proyecto, Quitasol. Había un desarrollo conceptual de la idea, pero les hacia falta el apoyo logístico, económico y técnico. A pesar de que buscaron la asesoría de ingenieros forestales y agrónomos, los estudios de suelo eran muy pobres y no les permitieron conocer la capa vegetal de la montaña. Al final, la única manera de desarrollar la obra fue hacer unos huecos muy profundos, llenarlos de materia orgánica y sembrar los árboles.
La propuesta consistía en sembrar quinientos guayacanes amarillos. Cuando los árboles florecieran, se vería desde todo el Valle de Aburrá una línea que dividiría la montaña, lo que representaba la ruptura que había ocurrido con la llegada de los europeos hace quinientos años. Pero la mayoría de esos árboles se quemaron, quedan muy pocos.
Leandro A. Vásquez Sánchez, 2010





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