La rebelión del inocente
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| Los Santos inocentes ha sido llevado al cine y a las tablas. Las imágenes que acompañan el texto son de la obra de teatro de Javier Hernández Simón. |
La conciencia nace a la luz con la rebeldía
Albert Camus
Pasen a leer esta reseña de Los santos inocentes, una novela de Miguel Delibes
que cuenta cómo durante el franquismo unos campesinos se sacuden de las humillaciones
y los maltratos que les imponen con una personal y violenta sublevación.
El inocente es un ser humano de una animalidad vibrante. El Azarías,
protagonista de la novela, es como un pájaro porque va libre de aquí para allá,
el pantalón por las corvas, la sonrisa babeante, masticando la nada. Su hogar
es la tierra, los árboles, las montañas. Habla muy poco. Su lenguaje acostumbrado
es unos graznidos, no se parece al de los otros campesinos. Lo más inteligible
que dice es “milana bonita”, una especie de mantra con el que se comunica con las
aves del cortijo.
En una de las escenas más conmovedoras del libro, el Azarías saca a campo
abierto al cuervo que cuida y cuando este escapa, lo llama angustiado, casi
llorando por el inminente desprendimiento. El ave regresa, ante el asombro de
los otros habitantes del cortijo. El lazo que hay entre los dos es de amistad, ambos
acceden a tomar parte de una relación entre iguales. El Azarías no tiene
necesidad de dominar al cuervo, prefiere servirle y él le retribuye su ayuda buscándole
piojos.
Otro vislumbre de su animalidad son las corridas con que aleja al cárabo,
un ave rapaz y nocturna que amenaza con depredar al cuervo que él protege. El
Azarías cumple así un ritual primitivo, en el que se convierte casi en una bestia
al asecho y maltrata su carne, excitado por lo que le parece la risa del
cárabo, que ejerce sobre él la atracción del abismo. Lo hace porque persiguiéndolo
y apabullándolo, el Azarías reclama su lugar como el ave más fiera del cortijo.
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Paco, otro de los personajes, también vibra de animalidad, pero es
diferente. Es un hombre con un increíble poder olfativo, por lo que resulta útil
para los señores como ayudante de caza, aunque con su increíble capacidad sólo logra
que lo traten como un perro. Él no parece ser consciente de las humillaciones a
las que es sometido. El servilismo se debe quizá a que de su trabajo y
disposición depende la supervivencia de su familia. Su única esperanza es que
sus hijos puedan ascender gracias a la educación, pero en esa estructura social
jerárquica y rígida, los campesinos seguirán situados entre los señores y los
animales de la finca. Sin embargo, Paco aprende a leer y escribir, formación que
es entregada como una limosna, tal vez para acallar la mala conciencia de los
señores. En esas clases descubre un espacio para rebelarse. Apegado a su tradición
oral, a Paco la gramática le parece un capricho sin razón: a cuento de qué
tienen tantas preferencias la i y la e, se pregunta.
El Azarías, a diferencia de Paco, no necesita las dádivas de los
señoritos. Sólo le interesa cuidar a sus aves, no movido por la caridad, ni por
un sentimiento altruista de proteger al débil, sino porque esos animales son
más cercanos a él que ningún otro hombre, lo que resulta imperdonable. Pero él no
teme a las consecuencias que eso le pueda acarrear y es despedido. Las excusas
para prescindir de él son su vejez, su locura, porque se orina las manos o roba
los tapones a las llantas de los carros. No pueden entender que micciona en sus
palmas para sanárselas, que para él no existe la propiedad y por tanto el robo
resulta sólo un juego.
Después de que el Azarías es echado del cortijo donde vivió toda la vida
y tiene que migrar a otro lugar, se revela con crudeza el conflicto de estos
campesinos y se desencadenan las disputas con los señores latifundistas, quienes
por un lado parecen ampararlos, educarlos y sostenerlos, mientras también los
explotan y humillan. La tensión entre estas dos clases sociales corre en el
libro como una corriente subterránea. Parece que los campesinos están resignados
a los maltratos y los atropellos, aceptan su aciago papel con resignación, pero
no siempre será así.
Iván, el antagonista, se considera el amo y señor del nuevo cortijo donde
arriba el Azarías. Puede maltratar a Paco, el más fiel de sus servidores, para
mantener su fama de diestro cazador y el reconocimiento de la alta sociedad,
aunque degenere en una máquina de muerte, que dispara por puro vicio y asesina al
pájaro que cuida el Azarías, a quien le dice cuando lo ve llorar por esa causa:
No te lo tomes así, carroña de esa es la que sobra.
El señorito Iván traza así su destino. Al degenerar en un depredador
cruel, tiene que lidiar con el animal más poderoso del cortijo, el Azarías, un
hombre de cuerpo hercúleo a quien enfrenta bajo un árbol mientras pasa un bando
de aves. La novela termina con un asesinato. El resto del libro me pareció sólo
una manera de justificarlo. Los lectores sentimos que al final, tal vez de una forma
un tanto inocente, se impone una brutal justicia.
Leandro A. Vásquez Sánchez



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