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Mostrando las entradas de diciembre, 2025

Bitácora de apuntes #1

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Aquí les traigo cuatro fragmentos de diario. El primero es el dibujo de un sueño y los otros son tres microhistorias sin título. Tienen en común que a los personajes los desbordan las voces y las miradas, como malas hierbas les brotan las bocas y los ojos, unas veces para condenarlos, otras para liberarlos.    *** “Loco, sé sincero”. Cuando se lo piden, no imaginan cómo se multiplican las voces en la cabeza del desgraciado y lo confuso que le resulta descubrir cuál es la suya. No lo atormenten. Al loco exíjanle que nos divierta jugando con sus máscaras de palabras. ¿O es que quieren ver desnudo su rostro de trece bocas y veintiséis ojos? Ilusos, el terror los deslumbraría si intentan mirarlo. *** Le reclama entre lamentos al sol presuntuoso, a las montañas indolentes y a las luces que, poco a poco, le escupe la ciudad. Grita toda su desesperación sobre el valle en este atardecer. Medito si es mejor desaparecer y dejarlo con su angustia o quedarme. De todas formas, no puedo hac...

El baúl de los asombros

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Por fortuna guardé mis diarios en un baúl que me regaló mi papá. A él se lo cedió mi abuelo cuando murió. No es poca la importancia de los alicates, destornilladores y  llaves que guardaba ese cofre. A ambos les ayudaron a  ganarse la vida. Sin embargo, esos cuadernos que almaceno también ahí, me niego a verlos sólo como otra herramienta para construir textos. Con el fin de explorar su verdadera dimensión, escribí esta serie de notas sobre los diarios. Lo íntimo Los diarios son como los juguetes de Horacio, el personaje del cuento Las hortensias ,  quien se entretiene con unas muñecas para sublimar su aburrida vida cotidiana. Su divertimento llega a tal delirio que ellas cobran vida y se convierten en sus amantes.  Así mismo, después de jugar durante años con el diario a explorar los asombros, creo que se transformó en mi único amigo, uno al que no tengo que dedicarle cortesías ni elogios y puedo confesarle cosas que ni siquiera yo mismo acepto.  La gran mayoría...

La culpa no me deja

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Entre los martillazos, los espejos de aceite, la fragancia tóxica de la gasolina, los automóviles herrumbrosos y los mecánicos embadurnados de grasa, llegamos a Coraje, la Fundación de Comerciantes del Corazón de Jesús o Barrio Triste, como también llaman a este sitio de Medellín. En su interior había una ludoteca para los niños de los trabajadores y las madres que vivían en las pensiones del sector, pero que era aprovechada por los muchachos que anidaban en las aceras y los andenes. Allá podían limpiarse, comer y jugar. Según las políticas de la organización, ellos eran demasiado adultos para usar ese espacio, por lo cual iban a trasladar a las trabajadoras sociales que jamás se negaron a recibirlos. Después de dieciocho años, no sólo dejó de funcionar el programa y la ludoteca, sino toda la Fundación Coraje dejando un profundo resquemor entre la comunidad. Pero más allá de ese drama social, en esa visita descubrimos otro más íntimo, el de los jóvenes de la calle que asistían al lugar...