La liberación era una fiesta
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| Todas las ilustraciones son de Ruth Gannett |
Amor, peleas y un poco de vino, así uno siempre es joven y está contento, eso pensaban Danny, Jesús María, Pilón, Pablo, El pirata y Big Joe, los paisanos que protagonizan Tortilla flat, la novela de John Steinbeck que cuenta las aventuras de este grupo de amigos en las montañas de la bahía de Monterrey, en la costa de California. Son personajes marginales, bebedores, peleadores y vándalos. Después de un pesado sueño, se levantan en la zanja donde durmieron la borrachera de la noche anterior. Luego roban cualquier cosa, desde los zapatos de un amigo hasta una estufa, para cambiarla por vino. Entonces se empeñarán en una larga juerga en la que bailarán, cantarán y pelearán. Quizá pierdan un diente. La comida importa poco. Pueden mendigarla en restaurantes o recibirla de un alma caritativa. Lo que no ocurrirá es trabajar para conseguirla. Se los impide la íntima convicción de no contribuir jamás al sistema productivo de los Estados Unidos.
La obra de Steinbeck
Hace veinte años, buscaba lugares para resguardarme. Como era riesgoso pasar la tarde en una esquina o en un parque porque en cualquier momento te obligaban a largarte, después de las clases en la universidad, me sumergía en la sección de literatura de las bibliotecas. La primera vez que me topé con John Steinbeck fue en la Piloto, una biblioteca pública fundada por la Unesco hace setenta y tres años en Medellín. En un primer piso de techo alto e iluminado por amplios ventanales, tomaba libros al azar de los estantes para ojearlos. Los bibliotecarios me vigilaban de cerca porque pensaban que me podría robar alguno. El que encontré ese día fue la historia de Kino, un indígena que para salvar a su bebé de una picadura de escorpión pesca una gran perla. Tiene que huir y dejarlo todo, hasta su familia, para que no se la roben. Supe entonces que la gente humilde nunca podrá poseer algo valioso porque alguien se lo querrá arrebatar. Me perturbó tanto la novela que la leí, ahí mismo, de un sólo jalón.

En una tertulia leí De hombres y ratones, la historia de dos vagabundos que viajan por California para encontrar empleo como recolectores. Con ese libro exploré el dilema de cómo alguien puede ayudar a morir a un ser amado. Fue maravilloso contemplar la frontera donde se tocan estas contradicciones. Un tiempo después me encontré el diario literario del escritor Mario Escobar Velásquez, en el que recomendaba Al este del edén como la gran obra de Steinbeck. La leí y me impresionó, era un proyecto monumental, en el que se alcanza a recoger la historia de Estados Unidos desde su fundación hasta el periodo de entre guerras a través de las sagas familiares. En esa novela había una mujer que no olvidaré porque simbolizaba la maldad. Se llamaba Kate y se encerró durante su posparto en completa oscuridad, en una habitación abarrotada por cortinas donde ni siquiera podía tocarla la luz.
La gran familia y la propiedad privada
Tortilla flat, el libro que quiero reseñar en este texto, me enganchó más que las otras obras de Steinbeck. Tal vez porque sentía que la podría saquear, quizá por ese vicio inocente de identificarse con esos personajes problemáticos, a quienes no les quedaba otro destino que el fracaso. Que el mundo de las fiestas, el vandalismo y el sexo libre que pinta Steinbeck en Tortilla Flat naufragara, además me daba un poco de consuelo en mi búsqueda vital de sobrevivir a la juventud. Reafirmé que las exploraciones y los conflictos de esa época eran un asunto universal. Agradezco que el libro me ayudara a darle sentido a lo que viví en ese tiempo, porque pensé que habían sido sólo errores y descubrí con esta obra su valor, quizá por eso quise escribir un relato sobre un grupo de amigos que durante años se reúnen en una esquina, así como los paisanos se encontraron en la casa de Danny en Tortilla Flat para construir una gran familia en la que era una obligación alimentar al hambriento y dar refugio al fugitivo.
En la juventud, más que un afán por desobedecer, lo que nos mueve a la rebeldía es la gran disponibilidad de energía. Nos impulsa a los márgenes, a las zonas menos iluminadas de la condición humana. Queremos descubrir el cuerpo, experimentar con los sentidos, celebrar la vida. En una sociedad conservadora quizá eso sea difícil, por eso los paisanos de Tortilla Flat se ven obligados a toda clase de peripecias, desde robar hasta a entrar a la cárcel. Cuando heredan una casa donde resguardarse, organizan una sociedad con unos valores opuestos a esa que los excluyó, donde la propiedad es comunitaria, la sexualidad libre no es un estigma y el trabajo no constituye la única fuente de realización. Es que los paisanos no practican el comercio ni participan del sistema económico de Norteamérica, que no los había agredido porque no poseían nada que pudiera ser robado, explotado o hipotecado, dice Steinbeck.
Una fiesta furiosa
Cuando uno de los paisanos le roba a otro los ahorros para cambiarlos por vino, los amigos lo castigan con violencia. El aparato represivo de la sociedad anglosajona que los excluye, es replicado por ellos mismos. Eso genera un quiebre en Danny, lo lleva a pensar que quizá no son tan diferentes, tal vez lo que han construido en la casa no es fruto de su rebeldía, sino de su aspiración a convertirse en unos “ciudadanos decentes”. El dinero robado y recuperado será utilizado para un acto piadoso, comprarle un candelabro a San Francisco. Se trata de pagar una promesa, pero también de encumbrar al donante en su papel de “hombre de bien”. Además, los paisanos se han aburguesado y sumido en la rutina: levantarse, sentarse al sol en el porche y preguntarse qué comerán. Sólo de vez en cuando, se procuran algún vino. Por todo eso, Danny se pone a pensar en los buenos tiempos, recuerda lo rica que sabía la comida robada y anhela de nuevo aquella época.
Leandro A. Vásquez Sánchez




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